Oda a sobrepensar
Sí, rumiar, en ocasiones, me ha salvado la vida
Hace un momento, mientras desayunaba, una sensación de alivio invadió todo mi cuerpo y me dije a mí misma, “que diferente sería mi vida si sobrepensar no me hubiera hecho irme de un amor que no era para mi”.
Siempre creí que caer en cuenta de que unos brazos ajenos no son tu lugar, sucedía como un chispazo divino, de la nada. Así lo sentí cuando esto me sucedió en una meditación, en otra ocasión después de leer un libro, y esta última vez, una noche acostada en la cama.
Cuando me enamoro, ya sea que dure 10 años, cuatro meses o unos instantes, lo hago profundamente. No concibo la vida sin la intensidad, la pasión, el fuego de entregarse a lo que uno ama. Las personas sensibles, sabrán de qué hablo. Difícilmente existe el gris para nosotros.
Por eso, no es de extrañar que cuando una relación no funciona y termina, yo me sumerja en un profundo dolor que me ha llevado incluso a la depresión (sí, como todo, sobrepensar tiene su luz y su oscuridad), a ese oscuro agujero donde no ves inicio ni fin y la autocritica está a la orden del día.
La última relación que tuve duró apenas cuatro meses y medio, un suspiro. Cuando concluyó “la inversión”, como a él le gustaba llamar a “tooooodo” lo que hacia por mí, la culpa, vieja compañera de batallas, tomó posesión de mi mente, mi corazón y mi sentido común.
Pero nuestra vieja amiga sabía que no tardaría en llegar mi tercer creador, el sobrepensar, la figura paterna que me ha salvado la vida, no una, muchas veces.
Ese momento que siempre le atribuí a entidades divinas y etéreas, hoy sé que fue mi mente rumiante la que me hizo recuperar el cerebro, el corazón, el sentido común.
Ese instante no llegó de la nada, llegó después de días, horas, segundos, de ver mi vida como un trailer cinematográfico donde la única constante era cuestionarme absolutamente todo lo que fue. Cada sonrisa, cada mirada vacía, cada paisaje al atardecer, cada caricia evitada, los sís y los nos.
Aunque mi psicólogo pondría en entre dicho la seriedad y positividad del titulo de este texto, parece que lo escucho, “el sobreanálisis es una respuesta de supervivencia al trauma de crecer con violencia doméstica”, y aunque concuerdo con él en este rubro, eso no quita que en ciertas ocasiones, lo considere un superpoder.
En la última relación, esto no fue la excepción. Por dos semanas apenas si comí, mi cama se convirtió en mi universo, y aunque dormí mucho, el poco rato que estuve consciente, desmenuzar cada instante de mi vida a su lado, fue mi obsesión absoluta.
¿Qué hice mal? ¿qué hizo mal? ¿en qué fallamos? se repitieron una y otra vez en mi mente que desesperadamente buscaba respuestas.
No fue hasta el día 15 que decidí, con el corazón supurando, volver a mis actividades normales, (en ese entonces mi negocio aún estaba en pañales, por lo que podía darme el lujo de la vagancia) el día transcurrió normal, pero al posar mi cuerpo en el colchón la rumiación de nuevo se hizo del mando, pero esta vez, encontró LA gema.
Fue como un “eureka”, el corazón dejó de doler, el entendimiento se hizo presente y ¡bum! mi vieja compañera se había esfumado. Mientras mis labios se torcían ligeramente a la izquierda, la pude ver marcharse de reojo devolviéndome el gesto. PAZ.
“¿Qué diferente sería mi vida si sobrepensar no me hubiera hecho irme de un amor que no era para mi?”, quizás ahorita seguiría atada a hombres que no me querían como yo merezco ser amada, quizás aunque lejos, les seguiría sufriendo en silencio. Pero no, no he dado vuelta atrás una vez que mi tercer creador cumplió su función, salvarme de la guerra.
Y sí, ya sé, “tan fácil que es alejarte a la primera de alguien que hace o dice algo que te incomoda” pero para mi no lo es, yo tengo que estrujarme el cerebro hasta que la paz llegue y tengo la fortuna que eso no ha tardado más de un mes en suceder.
La culpa, el dolor, el amor se han ido para no volver jamás.
Tengo cicatrices, sí, pero rumiar, en ocasiones, me ha salvado la vida.


